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Los habitantes de la devastación

En la sala de estar de la familia Ajras el calendario sigue en la hoja de junio de 2012. Lama Ajras reparó en ello este miércoles, cuando pudo regresar a casa de sus hermanos después del asedio de dos años que ha devastado todo el centro de Homs, la tercera ciudad de Siria y cuna de la revuelta contra el régimen sirio. Lama salió entonces a llevar a su hija a un examen y el Ejército, que cerró el centro para aislar a los rebeldes, ya no le permitió regresar. Allí se quedaron sus hermanos, Aiman y Seinat, famélicos ahora por las privaciones de 24 meses de bombardeos y asedio. En los últimos cuatro meses, cuando la presión arreció, apenas dicen haber comido “unas aceitunas” y lo que Seinat, menuda y sonriente, describe en francés como “hierbas y más hierbas”. Ellos y otros 21 civiles soportaron el implacable asedio a los barrios de Homs controlados por los insurgentes sirios y entregados el pasado 9 de mayo a las tropas de Bachar el Asad.

Lama se subía cada día a la azotea del piso donde se refugió, una vivienda en el lado del ejército regular, temiendo hubiera reventado la casa de sus padres con sus hermanos dentro. Apenas estaba a un kilómetro de una distancia imposible de salvar.

Seinat, farmacéutica, de 65 años, desgranaba el miércoles, sentada en el sofá de la planta baja, los recuerdos de la destrucción de su hogar. “Uno no oye el ruido de los proyectiles hasta que han reventado”. Su hermano Aiman, químico, abunda: “Primero cae, después se oye”. “Si te cae encima no oirás el silbido”, dice ella, “solo la explosión, que lo vuelve todo negro”.

Aquel día, Seinat estaba trabajando junto a la ventana del segundo piso. Tras la primera explosión, corrió peldaños abajo por la escalera de mármol blanco, escapando a tiempo al segundo morterazo. Suelen venir en series. Se llevó el tejado, hundió el tercer piso, causó destrozos en el segundo pero no mató a Seinat, que se señala el costado para indicar por dónde le entraron las esquiarlas que le sacó otro de sus hermanos, médico. Los Ajras, apacibles vecinos de la parte cristiana de Homs, son expertos en los desastres de la guerra.

Ninguno de los 23 civiles que soportaron los últimos meses de cerco entre los milicianos insurgentes de la arrasada parte vieja de Homs cayó bajo las bombas. Sí murió, recordaba Aiman, Abu Franz. “Pobrecito Abu Franz”, lamentó Seinat. “Pobrecito padre”, asintió su hermana Olga, recién llegada de Beirut para visitarlos por primera vez desde 2012. Unos encapuchados entraron en la casa del anciano jesuita holandés y le pidieron que les acompañara. Se negó. Seinat cuenta que “le señalaron una silla, se sentó y allí le descerrajaron un tiro en la cabeza”.

Sobre el sofá de Aiman pende una foto de su boda en una iglesia ortodoxa. Él y su hermana aseguran que los insurgentes no les importunaron por cuestiones religiosas. “Pero se llevaron todo lo que les gustó”. Joyas, dinero, comida y ropa. Entre los dos perdieron 42 kilos comiendo rastrojos hasta que en mayo, tras la rendición de los rebeldes, Aiman obtuvo pan del Ejército y comió “una ración gigante”. Llevaba dos años sin probar el pan. Fuera de la casa de los Ajras no hay más que silencio. En el centro de Homs no queda un edificio perdonado por las bombas, la metralla o el fuego. Los escombros y las ruinas dominan de un casco histórico envuelto en polvo oscuro y olor a podrido. Si la parte cristiana no tiene electricidad, agua corriente ni nada parecido a servicios públicos, otros barrios son casi inaccesibles por las montañas de cascotes.

En Al Haldía cuesta creer que los nombres en las placas azules de las esquinas servían para algo hace un par de años, cuando la gente que habitaba los pisos, ahora huecos, pasaba por allí a comprar pan. Las persianas metálicas de las tiendas, que sus dueños dejaron cerradas pensando en regresar, se levantan onduladas como papel mojado. Entre los cascotes corren grupos de niños con las manos mugrientas hasta los codos, con sacos llenos de lo que van encontrando entre la desolación. Hasta que ven un uniforme y salen corriendo. “Buscan metales”, explica un militar grande y barbudo. “Lo más valioso”.

Alí dice tener 18 años, pero su cara lampiña y renegrida bajo las cejas rubias aparentaba menos. En un local vacío amontona cajas de madera, vacías de munición de grandes calibres, fundas de cohetes antitanque, cajas metálicas de tamaños diversos y otros despojos bélicos, por suerte para él todos usados. Sus manos estaban negras por los polvos tóxicos que dejan las bombas. Cuenta que vive allí, que acaba de volver a su casa justo encima, en mitad de esa nada de hormigón. “Esos son mis primos”, señala. Otros tres desarrapados, también de risa fácil y estupefacta.

En un soportal calcinado dos esquinas más abajo, un muchacho moreno ocupaba un sofá de flores con la actitud de un príncipe en su salón del trono. Un militar rompió la ensoñación con voz dura: “Hadi, ¿no?”. Antes de asentir hizo un amago de huida, luego se quedó sorbiendo un batido con una pajita. Alrededor se veían biberones, muñecos, bicicletas retorcidas y nudos de hierro oxidado en los que, al segundo o tercer repaso, se podía identificar un volante o los muelles de un asiento. La suciedad parece intrínseca a todas las cosas. Arriba se ven balcones rotos, ventanas vacías y marcas de impactos. Ni un cristal entero.

Los rebeldes salieron de Homs entre el 8 y el 9 de mayo, previa firma de un armisticio local con las tropas de El Asad. La tercera ciudad de Siria tuvo hace poco más de un millón de habitantes, de los que no se sabe cuántos miles quedan. Tras reconquistarla, el ejército regular la limpió de minas e impuso un orden bien perceptible hoy. La reconquista del antiguo bastión rebelde fue un espaldarazo para El Asad, presidente de Siria desde que murió su padre y predecesor en el cargo, hace 14 años. Este martes celebró unas elecciones presidenciales en las que volvió a apuntarse una victoria un poco menos arrolladora que las de 2000 y 2007. Como gran novedad aparte de la guerra civil y la destrucción, esta vez se presentaron dos candidatos alternativos, que obtuvieron porcentajes menores del 5%.

Poco antes de conquistar Homs, El Asad había anunciado “un punto de inflexión” en lo que un eufemismo gubernamental llama “la crisis”. La machacada Homs, que fue el gran bastión rebelde, es hoy el símbolo de los avances estratégicos del Gobierno.

La calle principal de Baba Amro es tristemente célebre por los bombardeos que mataron a miles de personas más en 2012 después de que la zona se convirtiera en uno de los principales focos de las protestas contra el Gobierno en 2011, recuerda el superior del barrio, Fahed al Sahmi. Empezaron con manifestaciones los viernes, día de la oración para los musulmanes. Después, “llegó la violencia, que escaló en los meses siguientes”. Al Sahmi cree que fue a los seis meses. Pero un oficial con uniforme de camuflaje sin distintivos, y armado solo con un walkie-talkie, zanjó el debate con palabras enfáticas y cara de pocos amigos: “La violencia empezó desde el principio”.

Estos soldados sin insignias que se niegan a dar sus nombres o su graduación son miembros de la seguridad política. Vigilan Homs al milímetro. Sin su conocimiento no se mueve nada. Los soldados vigilan cada esquina, apostados en locales vacíos y en tenderetes. Evitan cualquier foto en la que salgan ellos, sus automóviles o los muchos puestos donde descansan o montan guardia. A algunos se les nota el desgaste, pero los oficiales muestran la determinación propia del que ya huele la anhelada victoria.

En casa de los Ajras también se habla de “la crisis” o de “los sucesos” y se niega que Siria esté padeciendo una guerra civil. Los sirios del bando insurgente son “descarriados, seducidos por el dinero” que, según una opinión muy extendida entre los leales, son pagados por su traición por Israel, Estados Unidos y las monarquías árabes. El régimen insiste en esta idea y destaca que Siria es un lugar de convivencia pacífica entre confesiones. Homs fue en esto tan ejemplar como lo es ahora de los horrores bélicos.

En el bando de El Asad prefieren que no se hable de las diferencias religiosas y étnicas en el país. Los insurgentes son, en su mayoría, musulmanes suníes que se han articulado en torno a organizaciones de nulo pedigrí democrático, más o menos islamistas y enfrentadas entre sí. Aiman Ajras dice que la religión “no tiene nada que ver” con el conflicto, pero cuenta que los hombres que saquearon su casa “hablaban fingiendo tener un acento alauí”. Eran, por tanto, suníes que saben cómo se habla en las regiones donde viven alauíes. El presidente El Asad y su familia pertenecen a esta rama minoritaria del islam chií.

Los chiíes de Hezbolá y el régimen iraní son firmes aliados del Gobierno en esta guerra, lo mismo que Rusia. Otras minorías sirias como la cristiana también confían más en El Asad que en los grupos rebeldes. La masa laica de Damasco, donde rascando algo se pueden escuchar cautelosas críticas al presidente de esta república más bien hereditaria, mucho le apoyan por espanto a los grupos islamistas. Contribuye a esto el bombardeo permanente que padecen desde los reductos rebeldes de las inmediaciones.

Las bombas de Homs, en cambio, salieron de cañones gubernamentales. El Asad cuenta además con una aviación operativa de importación rusa. El castigo a la primera ciudad de los insurrectos preludió el desarrollo posterior de las tácticas del ejército: artillería pesada, aviación, asedió y asfixia de suministros. Diversos observadores internacionales acusan a la fuerza aérea de usar bombas de barril, indiscriminadas y destructivas, en barrios civiles. Los insurgentes no tienen aviones.

También pesan reproches por el uso reiterado de armas químicas, en violación del tratado que El Asad firmó con mediación de Moscú el pasado otoño. Con él evitó una intervención militar internacional.

La reconstrucción de Homs parece hoy una tarea de cíclopes. También Guernica o Berlín fueron reconstruidas por los mismos que las bombardearon. Se presenta aún más difícil la aspiración gubernamental de convertirla en un símbolo de la reconciliación y de la unidad nacional siria mientras la devastación sigue su curso en la norteña Alepo y en los suburbios rebeldes de Damasco.

Casi todos en Homs hablaban el miércoles agitando mucho el dedo que tenían tintado desde las elecciones de la víspera. La mancha dactilar certifica que votaron en unos comicios que el enemigo y la oposición habían llamado a sabotear, así que muchos sirios en la parte del Gobierno se dejan la tinta si lavar. Según explicaba el jueves en voz baja un vendedor de Damasco, “es bueno para que no te despidan”.

El cansancio de los civiles no es el de los militares. Aunque solo sea la propia guerra, ellos tienen algo que ganar. Alguien como el farmacéutico Nayim Aldín, de Baba Amro, solo puede perder en esta guerra. El miércoles señalaba con el dedo morado de tinta sus estanterías semivacías y la pared improvisada donde había estado el escaparate. Le saquearon dos veces. No sabe quién. Mientras las botas de la seguridad política resonaban en la farmacia, Aldín sacaba café para todos y narraba los atropellos que ha sufrido desde hace tres años. Sus hijos están bien, pero él pierde la voz al hablar de su hermano muerto. No explicó por quién. Nunca habría imaginado algo así, dijo. Los restos de su barrio se extienden frente a su puerta como andrajos acribillados.

 

 

 

 

 

Fuente: http://.elpais.com

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